kuroganekiba

Tercera parte: Del pasado de nuestros futuros

In Sin categoría on febrero 17, 2011 at 1:38 pm

¿Me odias? ¿Recientes lo que he hecho?, la única verdad es que todo lo hice por ti, el amor es algo terrible, más filoso que una espada, es la única forma en la que te pude castigar, amándote pude demostrarte cuanto te odio.

En aquel entonces la guerra se había extendido por muchos años, más de los que un humano podía vivir, las vidas de las personas se mantenía flotando en un río de sangre; lo único que mantenía al mundo vivo era la fe, la ciega esperanza, todos se mantenían unidos en palabras de alabanza; “Dios vendrá, Dios nos salvará” decían, confiando en los milagros.

Pero en su interior desconfiaban, su dios los había abandonado, o más bien nunca había existido, y mientras levantaban sus cabezas al cielo esperando ver su luz, sus ojos eran destrozados por las balas, sus falsas esperanzas violadas por la cruda realidad, y así se desesperaron, empezaron a llorar, y se dieron cuenta que la última esperanza no estaba en juntar sus manos y rezar, sino en apretarlas y aplastar al enemigo.

Así, arrinconados, sufriendo, tomaron una terrible decisión, si su dios no existía, lo crearían, armado con los esqueletos de sus ancestros y con las viseras de sus hijos, tomando las almas de sus seres amados, y los corazones de quienes odiaban.

Cuatro dioses nacieron, cuatro seres que llevaban el universo en su interior, cuatro que debían traer justicia, pero todos fallaron, los cuatro estaban tan ciegos, tan ciegos como sus creadores, los ojos de los recién nacidos sacrificados se pudrieron en sus cuencas, y el final de la fe llegó machacándolos como un martillo.

Humanos, escoria sin alma, debieron rendirse, cuidar a sus inmortales creaciones con sus patéticas vidas, y luego caducar junto a sus sueños, pero en lugar de eso nos crearon, nos dieron vida, de barro como en sus leyendas, de ese barro putrefacto que llaman carne.

Y así formaron a los que serían guardianes de los dioses, con alas blancas, con cuerpos hermosos, con mentes agiles, y a uno de ellos le dieron un alma, y el sería los ojos de los dioses, y sería su espada, vengaría con ira el dolor de sus amos, recuperaría la paz, pero lo hicieron amante, lo hicieron débil, lo hicieron humano.

El último ángel en nacer sería el ángel rey, pero el primero lo vio con piedad; maldita sea la hora en la que posé mis ojos en ti, maldita sea la hora en la que te tuve envidia, envidia por ser el favorito, envidia por no tener sentimientos; y te los regalé, te los entregué, y como castigo me hice rey, y perdí la libertad, y para nunca olvidar mi pecado te amé, te amé con un sentimiento, y te odié con el otro, y fueron los únicos sentimientos que guardé, para mí mismo, y te los negué.

Los hombres, llenos de alabanza, recibieron al débil ser que crearon, lo presentaron ante los dioses, y les dijeron “aquí están sus ojos, vean lo que somos lo que fuimos y lo que seremos”, y tú respondiste, arrodillado ante los dioses “son mortales, y han quemado el mundo en el que viven, en el pasado lo han quemado, en el presente cosechan carbón, y en el futuro usarán el carbón para quemarlo nuevamente”, y los hombres llenos de orgullo y cegados de ira te enterraron un cuchillo en los ojos, y los sellaron para que solo se abrieran en tus sueños.

Los dioses escucharon los llantos de tu mediocre boca, y lanzaron su ira, tomaron la ciudad más hermosa de los hombres y la levantaron en los cielos, luego abrieron puertas negras en el horizonte, y la hicieron pasar a un nuevo mundo, a un paraíso en el cual los hombres estarían prohibidos, para sellar su castigo forjaron un arco de piedra que marcaba las puertas, y le dieron vida. El arco marcaría a los mortales que pasaran por él, los juzgaría, a aquellos que dejará vivir les pondría su piedra en el cuello, una piedra que pediría sangre de un ángel, y al ángel que entregara su sangre le pertenecería el humano, sería su esclavo, y le amaría con cuerpo, pero sin alma, el alma se quedaría en la puerta, para sufrir eternamente.

Los ángeles pasaron por el arco, y atravesaron las puertas, entraron en la ciudad convertida en paraíso, luego lo hicieron los dioses, y al entrar me llamaron, a mí, el rey de los inmortales, y de rodillas ante ellos me dieron la orden: “desde hoy serás nuestra espada, y tu hermano nuestros ojos, tu beberás sangre, y el te mostrará a tus victimas, es lo que has pedido, es el precio de salvarlo de su destino de asesino”.

Desde ese día ennegrecí mis pensamientos, disfruté de tus sueños, premoniciones del desastre, que me indicaron mis masacres, y te protegí, ¿hice bien mi trabajo?

Hoy me has visto con ojos idénticos a los míos, tú que eres la lluvia de sangre, tan pura y tierna, me has visto con ojos de asesino, y has recuperado tu destino para ti, ¿Qué tal se sintió tomar mi cabeza?, algún día te veré beber de ella, y seré feliz.

En esto pensaba mientras la sangre salía por mi cuerpo, pero los dioses apartaron los pensamientos del pasado con sus voces, y una nueva orden nació “Trae las alas y el corazón de tu hermano, que nos ha traicionado, y sus ojos tráelos sanos, viola a la niña y mata a la mujer, y que nada se interponga, Matariel será tu más grandioso trofeo, rey sin reino”.

Y así me ofrecieron la oportunidad de ir tras mi sueño, oh amado hermano, el sueño de probar tu sangre.

 

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