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Primera parte: Recuento de un pasado y un error

In Los pasajes del Tiempo on agosto 23, 2010 at 3:53 pm

Del tiempo ya no queda nada, aquel día nos encargamos de romperlo todo y destruir sus añicos.

Debo empezar presentándome, soy lo que queda de un dios omnipotente, soy al que conocen como “Lágrima”, soy el destino de cualquiera que profane los oscuros dominios de la luz eterna, soy Matariel en persona. Nacido como un profeta, mi labor durante años fue la de proteger al mundo augurando los dolores que traerían las acciones ajenas, llevando una luvia de muerte y tristeza, de la muerte de cada persona que estaba destinada a causar daño en la tierra soy el culpable absoluto, es así como mi mente se fue envenenado de rencor por todos los que ensuciaban mis manos de sangre mientras yo oraba por la paz de desconocidos.

Mi prisión está en los cielos, la llaman paraíso porque está lejos del infierno que es el resultado de nuestras acciones en la tierra, en este santuario de asesinos yo soy respetado, incluso por los “dioses” que fundaron este lugar, porque nací sin una madre, y privilegiado con un ojo que puede ver todo lo que pasará cuando la suerte está decidida, cuando el camino ya está tomado, de mis visiones se decide el destino en la tierra, los dioses hacen los cambios necesarios, y se ayudan de esclavos que llaman ángeles para poder dominar las corrientes del tiempo y forjar la historia a su voluntad.

Yo, ingenuamente conté los inicios de guerra tras guerra, y en nombre de la paz los dioses masacraron a quienes descubrí como causantes, salvando incontables vidas pero llenando el suelo con sangre de quienes aún eran inocentes, pero aquella mañana fueron demasiado lejos:

Cuando yo vi a una mujer detonando la extinción de los insectos humanos, mi perturbada voz llamó a un ángel para que me llevara a reunión con los dioses, ellos escucharon mi relato con calma, y como debí prever, decidieron tomar acciones tempranas. La causante estaba destinada a nacer en tres días a partir de aquel momento, aún estaba en el vientre materno esperando por traer el desastre al mundo con solo respirar, por eso sería condenada a no nacer, eso significaba tomar la vida de la madre inmediatamente, tarea que le encomendaron al más hermoso y brutal de todos los ángeles, mi hermano de casta y sangre Samael.
Al escuchar el terrible nombre del ejecutor, el nombre del hermano que me trajo la maldición de ser un asesino por primera vez, exigí ser enviado a su lado, no podía dejar que sus sádicas acciones dieran un fin terrible a un ser que no podía defenderse, si iba a morir sería de forma tranquila, o eso pensé aquella vez.

Y así, con un simple relato ante los vulgares dioses que reinan el paraíso, iniciaría la historia que trajo el final a todas las cosas en una forma que mi ojo jamás pudo ver, es a mi llegada a la tierra que empezaría el triste relato del fin de los tiempos.

Caminando por las calles de una pequeña ciudad se encontraba una mujer embarazada, con una gentil sonrisa en su rostro propia de una amorosa madre, tarareando la canción de cuna que escogió para dormir a su hija al nacer, de cabello castaño, de ojos verdes, de figura y facciones delicadas, con un pequeño paquete en la mano derecha y un juego de llaves en la izquierda, caminando por la acera previa a la de su casa, distraída de los horrores que la rodeaban.
Mientras aquella hermosa madre intentaba llegar a casa una sombra se abalanzó contra ella quitándole el aliento y arrastrándola a un oscuro pasaje entre dos casas cercanas, la mujer forcejeaba con la sombra mientras intentaba liberarse de aquella fuerza que la retenía, las sutiles facciones de su rostro se transformaron al ver la aterradora forma de su agresor. Un hermoso hombre de gran estatura y gentil apariencia vestido con un atuendo holgado de color blanco sostenía una espada cubierta de sangre seca y putrefacta en su mano derecha, mientras en su mano izquierda sus dedos se alargaban y aferraban al cuello de la mujer, los ojos llenos de satisfacción y placer eran lo único que deformaba la perfecta apariencia del agresor dándole un aire maldito que haría nacer el odio en cualquier corazón.
“No te preocupes, no necesitas ultimas palabras para morir” decía el ángel demoniaco mientras sacudía su espada en el aire jugueteando con el arma como si no planeara ningún crimen, ante la aterradora imagen mi desesperación me obligó a hablar:
“Tu trabajo es matarla y terminar con esto, no divertirte, ahora termina con tu trabajo y vete”
“Eres demasiado simple, no puedes darte cuenta de la belleza que derrama con cada lágrima, ni el calor que produce los gritos que detiene es su garganta, es el placer perfecto, tan delicada que podrías enamorarte de ella, y tan débil que querrías protegerla, es perfecta par sentir el placer con cada gota de su sangre”
“Has tu trabajo” supliqué (aunque tratando de ordenar) una ultima vez, mi hermano me miró con una expresión de vergüenza ajena como si mi deseo de dejar las cosas rápidamente fuera una deformidad física que se torna en algo ridículo al salir a la calle y por lo que tuviera que estar avergonzado, pero finalmente decidió (seguramente porque mi presencia le quitaría cualquier satisfacción a sus juegos) terminar con todo, y con un simple golpe atravesó la cabeza de la pobre mujer de una sola estocada, dejándola clavada a una de las paredes del pasaje, la simple visión de un cuerpo colgando de su cabeza meciéndose lentamente sin vida me aterró, me quedé inmóvil de rodillas, mi hermano lo notó y me dirigió una mirada de asco.
“Para esto estamos en el mundo, para esto nos crearon y por esto nos dejaron vivir aunque fuésemos abominaciones, no lo olvides mi amado hermano”y con estas palabras se esfumó en el aire como si pudiera simplemente desaparecer por si mismo.
Pasaron unos minutos antes de que el cuerpo cediera y cayera al piso, el sonido amortiguado me hizo llenar los ojos de lágrimas, era la primera vez que veía una de las muertes que yo mismo había provocado. Me acerqué al cuerpo sin vida de la mujer, decidí constatar mi pecado y coloqué la mano sobre el vientre aún cálido de la mujer, si los dioses existen es obvio que los milagros también, y en ese instante sentí un movimiento en su interior, no de la mujer, pero de la criatura que era mi objetivo en primer lugar.

Desesperado y lleno de culpa decidí cometer un error del que me arrepentiría cada vez que despertara, pero que me haría comprender mi misión en este mundo, tomé la espada arrancándola del cráneo de la mujer y la clavé en su abdomen, luego hice un gran esfuerzo para cortar lo más posible descubriendo lo dura que es la carne que mi hermano corta tan fácilmente, al terminar encontré un pequeño bulto en el interior, lo tomé y sin siquiera revisar la realidad de mis sospechas, y partí al paraíso sin dejar rastro en la tierra, con un pequeño bulto de sangre en una mano y una espada sedienta de almas en la otra.